Finjamos Demencia: ¿Síntoma de Indiferencia o Nueva Era de Comunicación?
Esta semana, el dólar llegó casi a los $500. Benjamin Franklin casi doma al yaguareté: la equivalencia de los dos billetes verdes como representación cromática de una crisis que no da tregua. Entre preocupaciones, subas de precio y angustias, afloraron los memes para pasar un otoño que recién empieza. Y, por supuesto, se escuchó la frase del momento: " Finjamos demencia ". Esta comenzó a circular en las redes hace tiempo y ya protagonizó videos virales TikTok, graphs de televisión, titulares de artículos periodísticos, respuestas de artistas ante rumores amorosos y hasta debates políticos. De Lali Espósito a María Eugenia Vidal.

Expresión de época con trasfondo humorístico (que implica obviar los problemas o pretender que no existen), ha sido señalada por algunos como banalización de la salud mental. ¿Qué opinan los expertos?
Connotación y contexto
Ricardo Corral, presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP) advierte que pueden distinguirse dos usos de la palabra " demencia ": uno legal y otro médico. También agrega otro: el coloquial.
"El famoso artículo 34 del Código Penal, que habla sobre la inimputabilidad de las personas, dicta que alguien es inimputable cuando no puede comprender ni dirigir sus acciones. En este caso, el imputado es un para la Justicia", explica.
Y complementa: "Muchas veces, los psiquiatras tenemos que participar de peritajes. Hay criminales que simulan ser psicóticos o enfermos mentales para evitar las condenas. En ese caso, los informes indicarán que finge demencia ".
Como profesional de la salud, a la vez, distingue la evolución en las conceptualizaciones desde el lado de la ciencia. " Demencia " refiere clínicamente a un tipo de perturbación, trastorno o enfermedad relacionado con deterioros cognitivos muy severos, que afecta la atención, la memoria, el discernimiento. Hay distintos tipos. Por ejemplo, la frontotemporal, que afecta a determinadas áreas del cerebro.
Junto con el psiquiatra Pedro Rafael Gargoloff, Corral es autor de "Las palabras importan". El documento que busca concientizar acerca de la utilización de ciertas etiquetas que, incluso cuando no son malintencionadas, pueden resultar erróneas, peyorativas o nocivas para los individuos con trastornos y sus entornos (ya que impiden reconocer otras facetas y capacidades de los sujetos, minan la autopercepción y dificultan los tratamientos). En este sentido, el doctor trabaja activamente en poner el foco sobre el lenguaje, para generar cambios sociales.

En el caso de la palabra " demente ", el presidente de la AAP indica que el uso vulgar tiene larga data y se asemeja al de "loco" o "locura": es decir, representa una locución arraigada, que puede tener una connotación negativa o positiva. Para Corral, es "menos estigmatizante que las apelaciones a la esquizofrenia o el autismo, que implican un acto discriminatorio desde el vamos, aunque no sea consciente".
"Tampoco podemos ir contra la cultura popular o coloquial. Depende de la frase y el marco", puntualiza.
Carolina Duek, doctora en Ciencias Sociales y magíster en Comunicación, tiene un abordaje similar. Si bien nota que la frase puede resultar desafortunada, como docente de comunicación, considera que "cuando uno se pelea con los usos y apropiaciones de las palabras, funciona mal". Se trata de buscar la comprensión del fenómeno: ver qué hay detrás de las utilizaciones inapropiadas de los conceptos.
"El sentido se adquiere en la interacción y su contexto", resume. Duek destaca que hay "un coloquialismo extendido vinculado a la salud mental". Tanto para marcar atributos como para definir situaciones. "La terminología ligados a patologías como la neurosis o la demencia está por todos lados".
Deja una pregunta abierta, para la cual no tiene respuesta: ¿el aumento de las referencias a la salud mental en las conversaciones sugiere que el tema está más en agenda?
¿Síntoma de un lenguaje excluyente?
La terapista ocupacional Juliana Bongarrá —conocida en redes sociales como Juli Bong— expresó su preocupación en redes por la nueva tendencia y muchos usuarios la acompañaron. Fue una de las primeras en poner el tema en debate.
Tras una experiencia de más de una década en gerontología, escribió: "La demencia es una de las patologías más tristes y muy común en adultos mayores. (...) No le veo la gracia, no está bueno".
"A los que trabajamos con personas con demencia y sus familias nos llama la atención. Entiendo que nadie quiere ofender, pero me parece que puede ser la oportunidad para pensar y revisar por qué se ve como algo simpático que para tantos es un padecimiento", reflexiona.
Jennifer Dorman trabaja en Babbel, una reconocida plataforma de aprendizaje de idiomas. Ella ubica a la consigna "fingir demencia " dentro del "lenguaje capacitista", el cual engloba a "las palabras y frases que discriminan a las personas que sufren trastornos, enfermedades o algún tipo de discapacidad y se esconden a simple vista".
"Muchos dichos comunes tienen sus raíces en la marginación de estas comunidades. Estos términos pueden ser seriamente dañinos para las personas que luchan con estos trastornos, estigmatizando o trivializando sus vivencias", alerta la experta en sociolingüística.
Dorman cree que los cambios en el lenguaje se deben encarar "con paciencia y delicadeza". Los modismos y las jergas —subraya— conforman "hábitos que pueden ser difíciles de romper". Sobre todo, cuando involucran cuestiones que no parecen dañinas a primera vista.
"Con una mentalidad abierta, podemos lograr interacciones personales y profesionales más respetuosas. Desde hace 15 años, he visto evolucionar drásticamente la forma en que nos relacionamos, adquiriendo una mayor comprensión entre los individuos a través del lenguaje. El trabajo remoto también ha dado paso a una nueva era de comunicación transfronteriza. Como resultado, las personas y las empresas están realizando grandes esfuerzos para utilizar un lenguaje más inclusivo", sintetiza.
Las letras de la crisis
Muchas personas adoptaron " fingir demencia " como eslogan frente a una situación de futuro incierto. "Somos la generación de fingir demencia. El país se está prendiendo fuego y vos vas a un boliche y está lleno. (...) Capaz alquilás, pero te comprás un buzo que vale $1000. (...) Ya fue, me la deliro en el disfrute, porque total lo que gano no me alcanza para nada, no me voy a hacer una casa. ¿No les pasa eso?".
El video de TikTok de Camila Ramírez fue furor. Su pensamiento, compartido por muchos usuarios.
Distintas crisis tuvieron sus propias manifestaciones idiomáticas. En 2001, "cacerolear" fue tanto una acción como un signo de época. Claro que hay diferencias. Como argumenta Duek desde el campo de la Ciencias Sociales, esta última fue "una práctica vinculada a poner el cuerpo en la calle de manera aglutinada".
La nueva frase de moda, en cambio, tiene que ver con "fragmentos de interacciones cotidianas interpersonales, comentarios individuales, vinculados con situaciones aisladas". ¿Llegó para quedarse o es solo una moda? La evolución del lenguaje coloquial y de la propia realidad tendrán la última palabra.
¿Qué significa hazte la loca y finge demencia?
Cada época tiene su lenguaje característico, sus expresiones propias, sus contextos determinados. Frases que con el tiempo pasan de moda o son sustituidas por otras porque nuevos tiempos o nuevos acontecimientos dan lugar a nuevas formas de expresarse.
Me llama la atención la frecuencia con la que se utiliza en variados ambientes, tanto en el lenguaje familiar como en las redes, la expresión fingir demencia. Viene a ser una forma de designar la indiferencia frente a algo que se ve, pero no se quiere ver. En el lenguaje corriente se traduciría por hacerse el/la distraído/a o mirar para otro lado (versión light), hacerse el gil (versión tango) o hacerse el/la pelotudo/a (la versión más popular quizás).
La cuestión es que fingir demencia es actuar una especie de locura o insania que justificaría no ver lo visible o que nos exime de ver lo que pasa delante de nuestros ojos y comprometernos con eso.
Quizá fingir demencia sea el nuevo nombre de la indiferencia, la insensibilidad, la irresponsabilidad o el temor, para justificarse. Hacerse el que no ve algo que lo complicaría, lo comprometería, lo afectaría, lo amargaría, lo forzaría a tomar partido o a hacer algo urgente para resolverlo, y así excusarse de no hacerlo. En términos literales o realistas la demencia es una enfermedad, o en rigor es un término que engloba varias enfermedades que afectan a la memoria, el pensamiento y la capacidad para realizar actividades cotidianas. Pero estar loco o hacerse el loco son expresiones hace rato incorporadas en nuestro lenguaje para designar determinadas actitudes fuera de lo común. Me viene a la memoria una célebre frase del querido humorista, acróbata y artista argentino de los años ‘60, José Pepe Biondi, que solía increpar confundido a sus interlocutores: “¿Este es loco, se hace el loco o qué le pasa?”.
La cuestión es que estamos viviendo en la Argentina una situación política, social y económica que, como nunca, nos está poniendo al borde de una catástrofe humanitaria, una masacre social; al borde también de una virtual disolución política territorial y de una ruptura inédita del contrato social que fue construyéndose a lo largo de 200 años de historia y que hasta ahora garantizaba los derechos fundamentales de los habitantes de la Nación Argentina; poniendo literalmente en riesgo la democracia, además de vender a los amigos el patrimonio común y los recursos de todos los argentinos.
Me da la impresión que muchos ciudadanos y ciudadanas, como también actores y sectores de la sociedad argentina, están fingiendo demencia frente al vertiginoso deterioro de las instituciones, de los derechos, de los ingresos, del trabajo, de las responsabilidades del Estado y del Estado mismo devenido en “organización criminal” para el Presidente Milei y sus secuaces. Lo que es peor, parece que no es suficiente para reaccionar que les estén quitando el pan de la boca a las familias, los medicamentos a los enfermos terminales, la protección del Estado a la sociedad.
Fingen demencia el Presidente, su bizarro vocero y todo su séquito de besamanos. Hablan de un país que no existe, desconocen a 68 premios Nobel que le muestran lo insensato que es para un país moderno desmontar la ciencia y la tecnología, y hasta desoyen al FMI, al que siempre le importó un cuerno el sufrimiento humano pero que frente a este ajuste siente algo parecido a la vergüenza ajena, mezclada con el temor a una explosión social sin precedentes que le impida cobrar. Lloran en cámara y hacen de cuenta que no tenemos ni Poder Legislativo, ni Constitución Nacional ni bandera. Fingen demencia para no ver que en el país viven personas que comen, beben, trabajan, tienen hijos, tienen sueños, respiran, sufren, gozan y tienen derecho a vivir en paz. Se hacen los que no vieron nunca un libro de historia y hablan de una historia que nunca se escribió, donde la culpa de todo es de los gobiernos populares. Fingen saber lo que es la educación y el respeto y se creen con derecho a insultar a medio entorno, a mentir las 24 horas del día y, lo que es peor, se hacen los cancheritos burlándose de los que sufren, de los periodistas, de las instituciones, de los pobres, de los artistas.
Como dice una canción, “si no fueran tan temibles nos darían risa, si no fueran tan dañinos nos darían lástima, porque como los fantasmas, no son nada si se les quita la sábana”. Algún día no estarán en el poder y cosecharán su siembra de menosprecio y violencia.
Me duele decir que la institución Iglesia también suele fingir demencia, a la que muchas veces llama prudencia o moderación. Digo voluntariamente la institución y su dirigencia, porque muchos miembros del pueblo que también son Iglesia están sufriendo y poniendo el cuerpo individualmente o en muchas organizaciones sociales o políticas, comprometiéndose en esta hora crucial junto a muchos curas, diáconos y algunos obispos. Pero creo que, como en muchas oportunidades a lo largo de la historia argentina, a los obispos como conjunto y cabeza visible de la Iglesia en la Argentina se los ve “ fingir demencia ” y decir palabras aisladas e inofensivas a las puertas de un genocidio social que más temprano que tarde sucederá si el Estado se retira de sus obligaciones constitucionales. Con todo respeto, confieso que no me cayó bien que el Papa Francisco fuera tan simpático con Milei y su comitiva. No porque debiera tratarlo mal, no es el estilo del Papa ni correspondería hacerlo. Pero en otras oportunidades su gesto serio y distante expresó la gravedad del momento. En este caso actuó como si nada pasara y sonriendo como si estuviera frente a personas de bien. Milei se ha mostrado particularmente cruel y violento en estos pocos días de gobierno frente a personas o temáticas muy sensibles.
Fueron muy oportunas sus palabras, unos días después, a los miembros del Comité Panamericano de Juezas y Jueces por los Derechos Sociales y la Doctrina Franciscana (Copaju) en el contexto de la inauguración de la nueva sede en Buenos Aires. No obstante me pareció poco si lo comparo con el tamaño del sufrimiento de tantos y tantas. No dijo nada que no estuviera dicho ya en la doctrina social de la iglesia, que parece esfumarse cuando la realidad propone otros modelos de sociedad.
Podríamos seguir enumerando individuos o colectivos que no aparecen y fingen demencia frente a la urgencia y otros que sí aparecen y enfrentan esta hora con valentía, defendiendo los intereses de la patria, que es nuestra casa, nuestro lugar en el entorno. ¿Reaccionaremos a tiempo antes de que todo sea irreversible?
Este año rendiremos homenaje al cura Carlos Mugica, en el cincuentenario de su asesinato. Un símbolo y un testimonio viviente de lo que significa no mirar para otro lado en el peor momento del pueblo sufriente y la patria a punto de ser sometida por un gobierno de ocupación al que sólo le importa venderla.
El autor integra el Grupo de Curas en la Opción por las y los Pobres.
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